27 de enero de 2018

Teoría de la distorsión




He sentido como pasaba el tiempo:
al ritmo de encerrarme en mí y no salir,
al ritmo de la oscuridad.

Buenos días, espejo, un día más.
Buenos días, viejo amigo.
Esta vez estamos solos.

¿Cómo me miras ésta mañana?

¿Sigues enfadado?

Yo sí.



Ahora mis ojos son grises,
y ya no me pierdo en ellos.
Anoche conseguí incluso sonreír.

Pero estoy vacío.
Y esta vez, no es un decir.
Y estoy solo. Y no sé estar solo.

Tengo miedo.
De lo que me hace el espejo cuando nadie mira.

Tengo miedo de mí,
de lo que pienso, cuando nadie escucha.

Tengo miedo de la distorsión,
de los recuerdos mal armados,
de verme como me veo a veces.

Quiero encontrarte.
Quiero decirte que no sé quien soy.
Quiero enseñarte mi sentencia.

Que me digas cómo soy,
porque yo ya no lo sé.




Muero al pensar que el tiempo no cura las heridas.
Al pensar que no soy capaz de ponerme las vendas
si eso significa cerrar los ojos en el intento.

Los tengo abiertos, quiero tenerlos.
Quiero saber, quiero aprender.
Pero sólo veo oscuridad.
Sólo oigo preguntas.
Sólo siento soledad.
Sólo tiemblo.
Sólo espero.




He dado mil vueltas a tus palabras.
Tanto, que no sé si esto es realidad,
o sólo estoy mareado.

Cuando giras, el dolor se difumina.
Y se extiende.

Se convierte en lineas paralelas e indefinidas,
te da vueltas, y no lo entiendes.

Sabes que parar en seco sólo te haría caer, 

así que sigues girando,
aun sabiendo que la caída será más dura al terminar.




Últimamente soy más de lo que siento.
Y eso que no soy nada.

Soy un monólogo interior constante.
Una conferencia de las que nunca acaban.
Una clase eterna de técnicas de autotortura.

Ahora soy un experto en mí mismo.
Me conozco, siempre lo he hecho.

Y por eso, tengo miedo a estar sólo.




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